—¡La reina!—murmuró profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada recelosa á la cortina, tras la cual se ocultaba el bufón.
—¡La reina!—dijo con extrañeza el tío Manolillo, detrás de aquella cortina.
—Además, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la antecámara del rey á que saliese el duque de Lerma, á quien esperaba también el secretario Santos para recoger la provisión firmada por el rey, he visto algo bueno.
El padre Aliaga no preguntó qué era lo bueno que había visto, á pesar de que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta.
El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los tizones y pidiendo á Dios que el montero de Espinosa callase, porque no se atrevía á imponerle silencio ni con una seña.
Sin saber por qué, no quería dar una muestra de desconfianza al bufón.
Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva.
Alonso del Camino continuó:
—Se murmuraban en la antecámara muchas cosas.
—Allí siempre se murmura.