—¿Os vigilaba el Santo Oficio?... ¿es decir, que el Santo Oficio vigila la casa de mi tío?
—Yo no lo sé, señora—dijo Montiño asustado por las proporciones que iba tomando su mentira—. Yo sólo sé que el alguacil me dijo:—Seguidme.—Y le seguí.
—¿Y á dónde os llevó?
—Al convento de Atocha, á la celda del inquisidor general.
—¿Y qué os dijo fray Luis de Aliaga?
—Nada.
—¿Nada?
—Sí; sí, señora, me dijo algo:—Desde ahora servís al Santo Oficio. Volved esta tarde.—Como con el Santo Oficio no hay más que callar y obedecer, me fuí y volví esta tarde. El inquisidor general me dió una carta y me dijo:—Llevadla al momento á la abadesa de las Descalzas Reales.
—¡Ah! ¿traéis una carta para mí... del inquisidor general? ¿Dónde está?
—Aquí, señora.