—Tenéis razón; es que sueño con ese hombre. Quise decir la carta que me habíais dado para el señor duque de Lerma.

—¿Qué, os la quitó?...

—Me la sacó... sí, señora... no sé cómo... pero me la sacó... y se quedó con ella.

—¡Que se quedó con ella!... ¿y por qué os dejastéis quitar esa carta?—exclamó con cólera la abadesa.

—Ya os he dicho que me la ha quitado...

—¿Pero quién era ese hombre que os la quitó?

Sudó Montiño, se le puso la boca amarga, se estremeció todo, porque había llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa.

—El hombre que... me quitó vuestra carta, señora—dijo con acento misterioso—, era... era... un alguacil del Santo Oficio.

—¡Un alguacil!

—Sí, señora. Un alguacil que me había esperado á la salida de la portería.