—Perdonad... pero quiero antes deciros cómo he trabado conocimiento con el inquisidor general.
—¿Es el inquisidor general quien os envía?
—Sí, señora.
—¿Pero sois ó érais de la Inquisición?
—No sé si lo soy, señora, como ayer no sabía otras cosas; pero hoy como sé esas otras cosas, sé también que soy en cuerpo y alma de la Inquisición; pero á la fuerza, señora, á la fuerza, porque todo lo que me está sucediendo de anoche acá me sucede á la fuerza.
—Pero explicáos.
—Voy á explicarme: salía yo de aquí esta mañana con la carta que me habíais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi señor, cuando he aquí que me tropiezo...
—¿Con quién?
—Con un espíritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en la hostería del... Ciervo Azul; y una vez allí me quita la carta que vos me habíais dado para don Francisco de Quevedo.
—Yo no os he dado carta alguna para don Francisco.