No traía luz.

Luego oyó la voz de la madre Misericordia.

El triste del cocinero mayor se estremeció.

—¿Quién sois, y qué me queréis de parte del Santo Oficio?—había dicho la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde.

—Yo, señora, soy vuestro humildísimo servidor que besa vuestros pies, Francisco Martínez Montiño.

—¡Ah! ¿sois el cocinero mayor de su majestad?

—Sí; sí, señora.

—Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qué os envía el Santo Oficio de la general Inquisición.

—Ni yo lo entiendo tampoco, señora.

—¿Pero á qué os envían?