Estaba comprometido con el duque.
Estaba comprometido con la Inquisición.
Montiño se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un círculo de fuego.
Por cualquier lado que pretendía salir de su apuro, se quemaba.
Decidióse al fin por el poder más terrible de los que le tenían cogido: por la Inquisición.
Y una vez decidido, se entró de rondón en la portería de las Descalzas Reales, á cuya puerta se había parado, tocó al torno y, en nombre de la Inquisición, pidió hablar con la abadesa.
Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio.
Al entrar en él, Montiño se encontró á obscuras; declinaba la tarde y el locutorio era muy lóbrego.
Detrás de la reja no se veían más que tinieblas.
Poco después de entrar en el locutorio, Montiño sintió abrirse una puerta y los pasos de una mujer.