El padre Aliaga.
Todo aquel tiempo, es decir, el que había transcurrido desde la ida de Francisco Montiño de un convento á otro, lo había pasado Montiño bajo la presión despótica de la madre Misericordia.
El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, había procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio.
Porque cada minuto que transcurría para él fuera de su casa, era un tormento para el cocinero mayor.
Aturdido, no había meditado que necesitaba dar una disculpa á la madre abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montiño no sabía lo que aquella carta decía; iba á obscuras.
Esto le confundía, le asustaba, le hacía sudar.
Si decía que Quevedo le había quitado la carta, se comprometía.
Si decía que la había perdido... la carta podía parecer y era un nuevo compromiso.
Si rompía por todo y no llevaba aquella carta á la abadesa, ni volvía á ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid...
Esto no podía ser.