La madre Misericordia, pues, tuvo miedo.

Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino también al cocinero mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja.

Era aquella una de esas situaciones cómicas que tienen lugar con frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni pueden saber á qué atenerse.

Por esto estaban en una situación casi idéntica la abadesa de las Descalzas Reales y el cocinero del rey.

Pero era necesario tomar una determinación, y la madre Misericordia abrió el cajón de la mesa en que se apoyaba, y sacó un papel, le extendió, le pasó la mano por encima, permaneció durante algunos segundos irresoluta, y luego tomó una pluma.

Pasó un nuevo intervalo de vacilación.

—¿Y qué digo yo á mi tío—exclamó con despecho—que le satisfaga y no le obligue á recelar de mí? ¿Cómo contestar á su carta sin incurrir en el enojo del Inquisidor general?

La abadesa empezó á dar vueltas á su imaginación buscando una manera, un recurso.

Montiño veía con una profunda ansiedad á la abadesa, pluma en mano, meditando sobre el papel.

—¿Qué iría á decir la abadesa al duque?—murmuraba el asendereado Montiño—. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡y quién me hubiera dicho ayer que esto iba á pasar por mí!