Al fin se oyó rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre Misericordia.
He aquí lo que la abadesa escribió debajo de una cruz, y de las tres iniciales de Jesús, María y José:
«Mi venerado y respetado tío y señor: He recibido vuestra carta en el momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual de ellos había venido por su intención, primero doña Catalina, y después don Francisco. Doña Catalina, muy al contrario de lo que vuecencia ha sospechado, venía con la pretensión de apartarse de la corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de su marido. Yo procuré disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha renunciado á su propósito. En cuanto á don Francisco, ya sabe vuecencia, porque lo sabe todo el mundo, que mató á un hombre que en la iglesia de este mismo convento se había atrevido á insultar á una dama. Don Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, venía á darme una cantidad de ducados, á fin de que mandase decir misa por el alma del difunto, y celebrar una solemne función de desagravios á su Divina Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto es cuanto ha acontecido. De lo demás que vuecencia dice en su carta, no sé nada, ni me parece que haya nada, porque aunque después de leer la carta de vuecencia observé cuidadosamente á entrambos, sólo vi que se trataban como conocidos, sin interés alguno. Doy á vuecencia las gracias por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando á Dios por su vida.—Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa de Madrid.»
—¡Perdóneme Dios, por lo que en esta carta miento!—dijo la monja cerrándola—; la Inquisición tiene la culpa; para que no me cojan el embuste será necesario avisar á mi prima y á don Francisco, y gastar algunos doblones en la función de desagravios. ¿Quién había de pensar que el cocinero del rey era alguacil, ó familiar, ó espía de la Inquisición?
Después que la cerró, se levantó, pero se detuvo y volvió á sentarse y sacó otro papel y escribió otra carta.
Aquella carta era para el padre Aliaga.
Decía así, después de la indispensable cruz y de las iniciales de la sacra familia:
«Ilustrísimo y excelentísimo señor inquisidor general: He recibido la carta en que vuestra excelencia ilustrísima tiene la bondad de reprenderme. Yo, desde que abominé del mundo y busqué la paz de Dios en el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplación de las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia ilustrísima conoce, escrita por mí á mi tío el señor duque de Lerma, hay mucho de mundano, consiste en que mi tío me ha pedido informes acerca de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos. Faltaría yo á lo que debo á Dios y mi conciencia, si en lo que digo en la tal carta mintiera. Doña Catalina y don Francisco, á no dudarlo, cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo que toca á los consejos que daba á mi tío, los creo lícitos y buenos, porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado escribiendo más, sin intención ha sido, pero sin embargo, espero la penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrísima se digne imponerme como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta para mi tío que vuecencia ilustrísima me manda escribir en la suya, y en la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi tío acerca de los deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Además, para que vuecencia ilustrísima vea cuán sin culpa estoy, inclusa va la que me escribió el señor duque de Lerma.»
Detúvose al llegar aquí la abadesa.
—Para que el padre Aliaga desconfie menos de mí—murmuró—debo enviarle copia de la carta que escribo á mi tío... Es necesario andar con pies de plomo... Hago, es verdad, traición al duque... ¡pero la Inquisición!...