La madre Misericordia se acordó con horror de que el Santo Oficio había quemado viva á más de una monja.
Este recuerdo la decidió; copió la carta que había escrito para Lerma y continuó la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta manera:
«Además, incluyo la que á mi tío escribo, y creo que vuecencia ilustrísima quedará completamente satisfecho de mí. Recibo de rodillas su bendición y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia ilustrísima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia ilustrísima.—Misericordia, abadesa de la comunidad de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid.»
Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos copias adjuntas á ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entregó á Montiño.
—Dadle un pliego—le dijo—al señor duque de Lerma, y el otro al señor inquisidor general.
—¡Al inquisidor general! ¿Y cuándo?
—Al momento.
—¿Y si me detuviere el duque de Lerma?
—En cuanto os veáis libre.
—¿Tenéis algo que mandarme, señora?