—Nada más. Id, buen Montiño, id, que urge, y que os guarde Dios.
—Que Dios os guarde, señora.
El cocinero mayor salió murmurando:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios quiera que estas cartas no me metan en un nuevo atolladero!
Entre tanto, la madre Misericordia, que se había quedado abstraída é inmóvil en medio del locutorio, se dirigió de repente á la salida en un exabrupto nervioso, y dijo, saliendo á un espacio cuadrado donde estaba el torno, á una monja que dormitaba junto á él:
—Sor Ignacia, que vayan á buscar al momento á mi confesor.
CAPÍTULO XXVIII
DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIÑO, ACOMPAÑANDO Á LA DOROTEA
Debemos retroceder hasta el final del capítulo XXII.
Esto es, al punto en que Dorotea salió de su casa con Juan Montiño.