—¿Os habéis propuesto desesperarme?

—Me he propuesto que me améis.

—¡Qué! ¿no os amo ya?

—No, ni yo os amo tampoco.

—¡Cómo!—exclamó con acento severo el joven, creyéndose objeto de la burla de una cortesana.

Dorotea comprendió su intención por su acento, y se apresuró á decir:

—Antes de pensar mal de mí, escuchadme.

—Habéis dicho una herejía.

—No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos separásemos... hoy; que no nos volviésemos á ver...

—Pero eso no puede ser.