—Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid y no pudiéseis escribirme... ó bien, si á mí me prendiese... la Inquisición, por ejemplo, y me empozase y no volviéseis á saber de mí; ni siquiera que estaba presa.
—¡Ah, no digáis eso!
—Es una suposición. Pues bien, ¿sabéis lo que sucedería, caballero? Me buscaríais y yo os buscaría, á medida que pasara el tiempo nos buscaríamos el uno al otro con menos interés; al fin sólo nos quedaría el uno al otro, ó tal vez á los dos, esa impresión vagamente dolorosa de una esperanza desvanecida; sí, de una esperanza; porque lo que somos el uno respecto al otro... ó para hablar con más seguridad: lo que vos sois para mí, no es más que una bella esperanza, una esperanza que yo no había alentado, porque no había comprendido que el amor es la vida de la mujer; que el amor es lo único que puede hacerla buena, casi santa... el amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no había amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que creo existe entre vuestra alma y la mía.
—¡Ah! ¡señora! ¿creéis que mi alma?...
—No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no desearía vuestro amor... pero me parece que sólo os inspiro deseo.
—Yo no sé lo que me inspiráis, señora.
—Puede ser que algún día sintáis amor por mí... pero eso sólo puede hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amaré más cada día.
—¿Pero es cierto que no me amáis aún, señora?
—No quiero engañaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que soy otra mujer... cuando os vi, sentí... voy á probar si puedo haceros conocer lo que sentí... sentí que un no sé qué desconocido, dulce, inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila, sin deseos... como no he sentido por ningún otro hombre.
—Y sin embargo, ¿no queréis ser mía por completo?—dijo con acento de queja Juan Montiño.