—No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo llevaros al teatro. Vos sois como todos; más materia que alma... al menos para mí... en el teatro veréis á la Angela, á la Andrea, á la Mari Díaz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los ojos más graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en campaña, y empieza á disparar contra vos... mejor dicho, contra mí, toda su batería de miradas y de suspiros enamorados. ¡Oh! tengo miedo... y sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacéis traición, mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que puede acabar por romperme el corazón; si os mantenéis firme... ¡oh! eso sería una felicidad... porque me probaría que vos sois para mí lo mismo que yo soy para vos.
—¿Y podéis dudarlo?
—Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza; puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... ¡bah! cuando yo veía en una comedia de Lope unos amores repentinos, me decía siempre riéndome del autor: eso es escribir como querer, y nada más. El amor no es obra de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y apasionado... lo demás... si yo no sintiese por vos más que una impresión causada á primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera caído en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho que os amaba. Pero me hubiera engañado, como me he engañado respecto á otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado.
—Confieso que no os comprendo, señora.
—No importa, ya me comprenderéis. Pero ya estamos cerca del teatro, oíd: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os trataré de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para exigirme igual conducta cuando estemos solos.
—¿Y eso por qué?
—Si yo no os tratase delante de esas gentes como á un amante favorecido, creerían que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga en ridículo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... ¡oh! dejadme que sea á vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer perdida, realice para vos ese hermoso sueño de la mujer virgen y honrada... dejadme soñar, ya que soy tan infeliz que la realidad me mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido.
En aquel momento la litera se paró en la calle del Lobo, delante de un portalón feo que se veía en una fachada irregular.
Llovía, y el criado que hasta allí había conducido la litera, abrió un enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea salió, y cubierta con el paraguas, salvó de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha falda recogida con suma coquetería, el espacio enlodado de la entrada, y ganó la parte seca del interior.
—¡Oh, reina de las reinas!—dijo al verla un joven de aspecto aristocrático por sus maneras y por su traje—; dignáos tomar mi brazo para subir esas endiabladas escaleras del vestuario.