—No lo sé, porque yo no sé de dónde soy.
—¡Ah! vos sois del cielo.
—Pues entonces no somos paisanos—dijo Juan Montiño con mal talante—, porque yo soy de la tierra.
—¿Habéis estado alguna vez en la corte?
—Ayer vine por vez primera.
—Y como en la corte no conoce á nadie, ha venido á parar á mi casa.
—Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada—dijo don Bernardino—, y estimando yo como estimo á vuestra... amiga, no puedo menos de ofreceros mi amistad.
Y tendió la mano á Juan Montiño, que se la estrechó fríamente.
En aquel momento se oyó una voz de hombre que decía en el corredor:
—¡Dorotea!