Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corría por la corte la nueva de que don Rodrigo Calderón estaba herido, era un verdadero escándalo.

—¿Qué decís á esto, Mari Díaz?—dijo un comediante rechoncho á la joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo.

—Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo, cuando la Dorotea se atreve á tanto.

—¿Qué es eso?—dijo otro de los del corro—. ¿A quién aplauden de ese modo?

—¿A quién ha de ser sino á Dorotea?—dijo encubriendo mal su despecho la Mari Díaz—; ¿pues no sabéis que en los locos gastos del duque de Lerma por ella, entra una compañía de mosqueteros que hacen salva en cuanto abre los labios ó se mueve la señora duquesa? La Dorotea tiene mucha suerte.

Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontáneos, persistentes.

—No, pues esos no son los mosqueteros—dijo un poeta—; ó si lo son, es mosquetero todo el público.

—¿Qué sabéis vos?—repuso Mari Díaz—; hay tardes en que están de humor, y en sonando una palmada, allá se van todos detrás, como borregos.

—Pues yo voy á ver qué maravillas está haciendo Dorotea—dijo don Bernardino de Cáceres.

—Soberbio modrego—dijo la Mari Díaz apenas había vuelto la espalda el presuntuoso hidalgo—; si tuviera tantos doblones como vanidad, no andaría la Dorotea tan desdeñosa con él.