—Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo que está en la corte—dijo la Mari Díaz.

—¡Bah! ¡pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si arrastrase un manto ducal! ¡como vos cuando hacéis de reina, reina mía!—dijo un poeta.

—Eso quiere decir que no es un cualquiera—recargó la comedianta.

—¿De qué se trata?—dijo un alférez de la guardia española que se había acercado al grupo.

—¿De qué se ha de tratar, señor Ginés Saltillo, sino de un acontecimiento extraordinario?—contestó un comediante.

—¡De un escándalo!—añadió un poeta.

—¡De una enormidad!—recargó un tercero.

—¿Pero qué milagro, qué escándalo y qué enormidad son esas?

—Ya sabréis, porque lo sabe todo el mundo—dijo la Mari Díaz—que don Rodrigo Calderón tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quién.

—Pero eso no es un milagro.