—¡Ah!

—Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por aquella reja hablaba con un caballero, más discreto por cierto, más agudo, y más valiente y honrado que el conde de Lemos.

—Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada.

—¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, ni aquel caballero me amaba á mí.

—Os creo, pero no comprendo...

—Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os lo confesaría todo.

—¿Pero cómo podías bajar á los jardines?

—Por un pasadizo que empezaba en la recámara de la reina, y terminaba en una escalera que iba á dar en los jardines.

—¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín!

—Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce.