—¡Ah! ¡sí! ¡es verdad!

—Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recámara de la reina, cuando su majestad se había acostado; abría silenciosamente la puerta de aquel pasadizo y me iba... á la reja.

—Hacíais mal, muy mal.

—No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáis de qué modo he podido tener pruebas... de los amores ó al menos de la intimidad de don Rodrigo Calderón con la reina.

—¡Amores ó intimidad!...—murmuró la duquesa—¡Dios mío! ¿pero estáis segura?

—¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía de hablar con mi amigo secreto, al pasar por detrás de unos árboles oí dos voces que hablaban, la de un hombre y la de una mujer.

—Y eran...

—Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuanto pude de puntillas, conocí... que la mujer era la reina, que el hombre era don Rodrigo Calderón.

—¡Y hablaban de amores!

—Al principio... es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban.