—¡Que conspiraban!

—Contra mi padre.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

—Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo tenía un bello jubón de brocado; el traje de la reina me extrañó, porque recordé que cuando entramos á desnudarla tenía un vestido negro.

—Pero... ¿cómo... á propósito de qué conspiran... la reina y don Rodrigo contra el duque Lerma?

—La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se hacía más que lo que mi padre quería; que las rentas reales se iban empeñando más de día en día; que la reina estaba humillada; que nuestras armas sufrían continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer á mi padre de la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzos la reina y don Rodrigo.

—¡Ah! ¡ah! por el amor... ¿hablaron de amor?...

—Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificios á la reina.

—Y la reina...

—La reina le dijo: ¡esperad!