Miraron todos con atención al joven.
—No hablemos más de esto—dijo.
—¡Pero!...—exclamó Dorotea...
—En resumidas cuentas...—dijo un comediante—como don Bernardino de Cáceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor...
—¡Ah!
—Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo—dijo el alférez—, y que una vez sucedidas, no tienen más que un remedio... este caballero lo sabe, y yo lo sé, y todos lo sabemos... conque no hay que hablar más de ello.
Dorotea se asió del brazo de Juan Montiño, y se lo llevó entre los telones, en donde estuvo paseando con él, dando lugar á las murmuraciones del corro, que crecieron.
—¿Por quién habéis pegado á don Bernardino?—dijo Dorotea—; ¿por mí ó por Mari Díaz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digáis la verdad... cuando yo salía, la Mari Díaz os citaba.
—He pegado á ese hombre, por él mismo; y en cuanto á esa mujer, no tenéis motivos para enojaros conmigo.
—¿Y qué pensáis hacer?