Devoró sus celos, se mantuvo serena y miró á Juan Montiño.

Entonces se aterró.

El semblante del joven estaba demudado aún de cólera.

—¿Qué ha sucedido?—exclamó—; ¿qué tenéis, Juan? ¿Os habéis visto obligado acaso?...

—Se ha quitado una mosca de encima—dijo el alférez Saltillo... y de una manera brava... estos señores pueden testificar.

—Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero—dijo un poeta.

—Eneas haciendo rodar á Aquiles—añadió otro.

—Un lance por una... hermosa—dijo otro.

—De cuyo lance resultarán estocadas.

—¿Queréis hacerme un favor, señores?—dijo Juan Montiño.