Todavía estaba allí la señora Mari Díaz.
—Gracias, caballero, gracias—le dijo—; os estoy tan agradecida, que no sabré cómo demostraros...
—No hay por qué, señora—contestó brevemente Montiño.
—Vivo en la calle Mayor.
—Muchas gracias.
—Número sesenta...
—Gracias, señora.
—Me encontraréis allí todo el día...
En aquel momento la Dorotea salía de la escena, y oyó las últimas palabras de la Mari Díaz.
La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la estremecieron aquellas palabras que había cogido al paso, no dió el más leve indicio de haberlas escuchado.