—Dice bien ese caballero—dijo el alférez, que se perecía por este género de lances—; además, que las pragmáticas son rigurosas, y en esto de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martín hay unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y allí... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... á las doce de la noche...
—Acepto por mi parte—dijo Juan Montiño—, y como soy nuevo en Madrid y no conozco sus calles, desearía que uno de vosotros me acompañara, señores.
—Yo—dijo el alférez.
—Y yo acompañaré á don Bernardino—dijo un poeta.
—En hora buena. A las doce estaré en las casas derribadas de San Martín—dijo don Bernardino, y salió.
—¿Y dónde nos veremos nosotros, señor alférez?—dijo Juan Montiño á Ginés Saltillo.
—¿Sabéis á las gradas de San Felipe?
-Sí.
—Pues á las once y media, en las gradas de San Felipe.
Montiño saludó y se volvió al bastidor.