Mari Díaz estaba temblando ó haciendo que temblaba junto á él.
Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se había levantado trémulo de cólera, había desenvainado la espada, y se había ido hacia Juan Montiño.
El alférez y sus acompañantes se interpusieron.
—Dejad que mate á ese hombre que me ha afrentado—dijo don Bernardino.
Y como no le dejasen acercarse á Juan Montiño, empezó á llenarle de improperios.
—Si no queréis que os tengamos por mujer, calláos—dijo Juan Montiño acercándose al grupo—; y si queréis tomar satisfacción de esa afrenta, decidme dónde y cuándo podremos vernos, á fin de que yo os pruebe que no están fácil desagraviarse de mí.
—Ahora mismo... fuera...
—No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra.
...cayó, como lanzado por una máquina.