—Me estáis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya más peso. ¡Idos, ó vive Dios!
—Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas—exclamó el hidalgo, que echaba fuego por los ojos.
—¡A mí! ¡echarme vos á mí!...—exclamó Montiño poniéndose pálido.
Y en seguida sonó una bofetada, y luego un hombre cayó, como lanzado por una máquina, del lado de adentro de los bastidores.
Juan Montiño había dado aquella bofetada.
Don Bernardino la había recibido.
Juan Montiño era el que había arrojado.
Don Bernardino el que había caído.
Este era el estruendo que había distraído de su chismografía política al alférez de la guardia española Ginés Saltillo y á sus oyentes.
Montiño se había vuelto con suma tranquilidad á su bastidor.