En mal hora se metió don Bernardino con la comedianta.
Esta, que quería tener un motivo sólido de entablar conocimiento con Juan Montiño, forzó la situación.
—¿Y por qué hemos de callar? veamos: ¿qué tenéis vos que echarme en cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente?
—Si como sois de desvergonzada, fuérais de hermosa y discreta, seríais un prodigio.
—Como vos, si no fuérais grosero y mal nacido.
—¡Vive Dios, doña perdida—exclamó don Bernardino todo fuera de sí—, que me la habéis de pagar!
—¿Me hacéis el favor de iros á cien leguas de aquí?—dijo Juan Montiño volviéndose y encarándose en don Bernardino, á tiempo que levantando éste la mano sobre la Mari Díaz, la hacia ampararse de Juan Montiño, y decirle:
—¡Defendedme de este hombre, caballero! ¡es un infame!
—Idos—repitió Juan Montiño con una calma inalterable.
—¡Que me vaya!—exclamó todo cólera don Bernardino.