Mari Díaz seguía arrojando sobre Juan Montiño mirada tras de mirada, sonrisa tras de sonrisa, á vuelta de algunas frases de elogio á la Dorotea.
Juan Montiño contestaba con otra frase, pero era tan económico y tan liso en sus contestaciones, que Mari Díaz se impacientaba.
—¿Hace mucho tiempo que conocéis á mi amiga?—dijo la comedianta entablando ya decididamente una conversación.
—Es un conocimiento nuevo—dijo don Bernardino, que tenía el vicio de introducirse en todas las conversaciones, por más que nada le importasen.
—Este caballero—dijo secamente Juan Montiño—, se ha tomado el trabajo de responder por mí.
—Pero es que yo os he preguntado á vos.
—Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad.
—¡Oh! yo sé siempre lo que me digo—contestó con fatuidad don Bernardino, atusándose el bigote izquierdo.
—Menos cuando no—dijo la comedianta.
—Mejor será que callemos, prenda, que os estará bien.