En él estaban solas dos personas: Juan Montiño y el finchado hidalgo don Bernardino de Cáceres.
—¿Me permitís, caballero?—dijo la Mari Díaz tocando Suavemente en un hombro á Juan Montiño, y con la voz más dulce del mundo.
El joven se volvió y vió á la comedianta que le saludó Con una graciosa inclinación de cabeza y una sonrisa.
—Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea—dijo el joven para sí—. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada...
Y se volvió á mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea.
Don Bernardino se encontraba relegado á un último lugar: la comedianta delante, detrás Juan Montiño, y él á sus espaldas.
—Permitidme, caballero—dijo don Bernardino.
Juan Montiño no se movió.
Don Bernardino guardó silencio.
Pasó así algún tiempo.