—¿Y por qué? Nada temáis; yo haré de modo que me conozcan esos señores, y cuando me conozcan, me respetarán, os lo juro.
—¡Dorotea! ¡Dorotea!—dijo una voz cerca de ellos.
—¡Otra vez á la escena!—exclamó la joven—; ¡oh, malditas sean las comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayáis.
—Y desasiéndose del brazo de Juan Montiño, atravesó rápidamente el espacio comprendido entre los telones, y salió á la escena.
Poco después se oyeron fuera estrepitosos aplausos.
—Es mucha, mucha mujer esa—dijo una voz junto á Juan Montiño—, y no me extraña que la améis.
Volvióse el joven, y vió junto á sí á Ginés Saltillo.
—¿Quién os ha dicho que yo amo ó dejo de amar á esa señora? Y, sobre todo, ¿os importa á vos?—dijo el joven, que estaba resuelto á sostener la cuerda tirante hasta que saltase.
—Tenéis una manera de contestar...—dijo contrariado el alférez.
—Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenéis en meteros en lo que no os va ni os viene.