—Perdonad, yo creí que un hombre que se ha ofrecido á serviros de testigo...

—¿Y qué falta me hacen á mí testigos para mis asuntos?

—¡Ah! Pues os digo que si lo tomáis así, vais á tener mil camorras todos los días, si no es que á la primera os escarmientan.

—Os suplico que me dejéis en paz.

—Señor mío—dijo el alférez, retorciéndose su mostacho—, yo soy un hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las palabras de otro hombre, procuro conocer en qué estado se halla al decirlas. Vos estáis irritado, no sé si con razón ó sin ella. Habéis abofeteado á un hombre, ignoro con qué motivo: ese hombre os ha pedido que le desagraviéis riñendo con él, y vos habéis aceptado; yo era el único hombre de espada que estaba presente, y me ofrecí...

—Y yo he aceptado... gracias—dijo seca y brevemente Juan Montiño.

—Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os he dicho acerca de Dorotea, y tanto más cuanto me había quedado solo, porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...—y el alférez se retorció el otro mostacho y dió una entonación singular á su voz—si encontráis en mí impertinencia... es distinto, caballero... decídmelo para que yo sepa á lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba.

—Perdonad—dijo Juan Montiño—; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por equivocación os he ofendido... Perdonad, yo no os conocía, no os había visto hasta hoy.

Y tendió su mano al alférez.

—Hubiera sentido reñir con vos—dijo éste apretando con fuerza la mano del joven—; tenéis para mí un no sé qué... algo que me habla en vuestro favor. ¿Sois soldado?