—Puede ser que á estas horas lo sea de la guardia española.
—¡Ah, vive Dios! ¡Pues si sois de la guardia española, y de la tercera compañía, de la que soy alférez, seremos camaradas! Y ya que eso puede ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino.
—¿Por qué?
—A todo el que entra en la guardia española, se le piden pruebas de valiente: conque hayáis reñido bien con don Bernardino de Cáceres, las lleváis hechas.
—Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo—dijo con desprecio Juan Montiño.
—¡Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno. Con que salgáis de un lance con él sin que os mate, no hay más; habéis quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y buena espada.
—¿Sabéis á cuántos ha matado don Bernardino?
—Saber por mí mismo... no... pero se dice de él...
—¡Eh! Del dicho al hecho...
—Pues bien; alégrome de que estéis tan bien alentado... Pero por allí pasa la Dorotea, y os hace señas... id... que aquí os espero.