Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y á poco les detuvo una voz que les dijo:
—¿Quién va?
—El alférez Saltillo—dijo uno de los que llegaban.
—¿Viene con vos el difunto?—dijo otro.
—No sé por qué decís eso, amigo Velludo, si no es porque aquí hay un olor á muerto que vuelca.
—Yo creo que traéis ese olor metido en las narices, amigo Saltillo.
—Pronto hemos de ver si está ese olor aquí, ó si le traemos nosotros. ¿Está don Bernardino?
—Impaciente.
—Pues aún no han dado las doce.
—Es que el reloj de la honra adelanta siempre.