—Pues adelante.

—Adelante.

—Me habéis prometido no desenvainar la espada, señor alférez—dijo Juan Montiño.

—Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los padrinos siempre riñen.

—Lugar tendréis de reñir si me matan; pero entremos bajo techado, porque llueve muy bien.

—Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en pie. ¿Estáis ahí, amigo Velludo?

—Aquí estoy.

—¿Habéis traído linterna?

—Sí. ¿Y vos?

—También.