—Pues hagamos luz.
En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los padrinos.
A su luz turbia y escasa, se vió una habitación destartalada, ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en los vanos de las puertas y ventanas, que se habían convertido en boquerones.
Al fondo de la habitación había dos hombres.
Don Bernardino de Cáceres y su padrino.
—Creo que podemos empezar cuanto antes—dijo don Bernardino desnudando la espada y tomando la linterna de mano de su padrino.
—Por nosotros no hay inconveniente—dijo el alférez, dando su linterna á Juan Montiño—. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo Velludo.
—¿Qué?
—Nosotros no reñiremos.
—La costumbre es que los padrinos riñan.