—Cierto; pero yo no soy padrino del señor Juan Montiño, sino su amigo, que viene á ver lo que va á pasar aquí para contarlo después á todo el mundo, si es que este hidalgo lleva á cabo lo que se ha propuesto.
—¿Y qué se ha propuesto este hidalgo?—dijo con desprecio don Bernardino.
—Se ha propuesto—dijo el alférez—daros á los dos una vuelta.
—¡Una vuelta! ¡vive Dios—exclamó don Bernardino—, que este hidalgo debe de ser de Andalucía!
—Una vuelta de cintarazos—añadió el alférez.
—Pues á verlo—exclamó don Bernardino avanzando ciego de furor hacia Juan Montiño.
Al primer testarazo de éste—y decimos testarazo, porque no encontramos otra frase mejor—, la linterna de don Bernardino cayó al suelo, se rompió y se apagó.
Montiño y Saltillo se echaron á reir.
—¿No decía yo que os íbais á divertir, alférez?—dijo Montiño, parando un tajo de don Bernardino—; pues ya os habéis reído, y ahora veréis. ¿Qué hacéis ahí, don murciélago, puesto á la sombra?—añadió, dirigiéndose al que el alférez había llamado Velludo.
Y tras estas palabras le metió un cintarazo.