Velludo dió un rugido, desnudó su espada, y se fué á Montiño.
El joven tenía delante dos enemigos que le acometían ciegos de furor; pero alcanzaba con su espada á uno y otro lado de la habitación, y no les dejaba avanzar.
El alférez, con la espada envainada, estaba detrás del joven.
Juan Montiño volvía la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como sobre el otro de sus enemigos.
De tiempo en tiempo les metía un furioso cintarazo.
El alférez soltaba una carcajada.
Otra carcajada de Juan Montiño contestaba á la del alférez.
Los aporreados blasfemaban y apretaban los puños.
Pero Juan Montiño los había acorralado en un rincón, y dominados ya, les sacudía que era una compasión.
Aquello había pasado á ser una burla feroz.