Era el desprecio mayor que podía hacerse de dos hombres.
Juan Montiño demostraba, no sólo que era valiente y bravo, sino que su destreza era maravillosa.
El alférez se tendía de risa, y cuando Montiño, tras una doble parada difícil, sacudía dos cintarazos, aplaudía.
De repente vió un resplandor vivo, y sonó una detonación.
Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado, fuera de sí de cólera, había desenganchado un pistolete de su cinturón y había hecho fuego.
Pero, por fortuna para Juan Montiño, éste vió el pistolete, y tocó con el único tajo que había tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fué al suelo; don Bernardino, que había cambiado la espada á la mano izquierda para apelar á aquel recurso villano, estaba fuera de combate; no podía valerse del brazo derecho.
Velludo estaba acobardado, y había bajado la espada.
—Basta de lección—dijo Juan Montiño—; idos, don Bernardino, á curar, y vos, estiráos, don encogido, y largáos más que á paso. Y en adelante, mirad con quién os metéis, que no todos los caminos son andaderos.
—Lo que habéis hecho es una iniquidad—dijo don Bernardino.
—¡Cómo! ¡he reñido contra dos y llamáis esto inicuo!—exclamó Juan Montiño—; ¡vos, que habéis tenido la cobardía de disparar contra un hombre con quien reñíais con ventaja!