—Mirad, don Bernardino—dijo Saltillo—; os aconsejo que os vayáis de Madrid.

—¡Me vengaré!...

—Dejáos de simplezas... lo mejor es que os vayáis, porque cuando se sepa lo que aquí ha pasado, os van á tirar tomates los muchachos por la calle.

—Os prevaléis de que tengo herido un brazo.

—Yo no creía que érais tan cobarde y tan torpe—dijo el alférez—. Ea, idos, si no queréis que os eche á puntapiés...

—Nos veremos, señor alférez—dijo don Bernardino, y salió.

Velludo se iba á escurrir tras él, pero le detuvo el alférez.

—¡Eh! ¿á dónde vais vos, señor Diego?

—Me voy avergonzado.

—No lo extraño, porque sois valiente.