—Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche...

—Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido, amigo—dijo Juan Montiño—; yo lo he hecho sin intención.

—Pero esto es un milagro... ¿Quién os ha enseñado á esgrimir?

—¡Bah! ya lo creo—dijo el alférez cruzando con su palabra la contestación de Juan Montiño—, es verdaderamente maravilloso; ya sabéis que yo meneo bien los hierros.

—Sí por cierto.

—Pues bien, antes de venir aquí, supliqué á ese caballero tuviese la bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabéis que don Bernardino es diestro. Yo no quería ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con él. Le ha plantado en un santiamén cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el maestro Tirante:

—Aunque riña solo contra dos, dejadle, señor Saltillo, que no se le acercarán.

—Gracias á mi pobre tío—dijo Juan Montiño.

—Gracias á vuestra ligereza, á vuestros puños, á vuestra vista, á vuestra serenidad... pero vamos á otra cosa: ¿vos, señor Velludo, sentiríais mucho que esto se supiera?

—Yo me voy de Madrid.