Quedóse profundamente pensativa la duquesa.
—Os repito—dijo recayendo de nuevo en su porfía—que no tengo la más pequeña duda de que la reina inspira á su majestad un profundo amor.
—Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo á dos personas.
—¿Y el rey?...
—El rey ama á una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. ¡Pero vos estáis ciega, doña Juana! ¿no habéis comprendido que el rey está enamorado hasta la locura de doña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y corte, y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores del rey?
—¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréis que la reina esté ciega también?
—La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doña Clara jamás concederá ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvío de doña Clara á su majestad, se venga del desamor con que siempre su majestad la ha mirado.
—Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis... tenéis la imaginación demasiado viva, doña Catalina.
—Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre.
A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico, de tono, la duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.