—¿Quién llama por aquí á estas horas?
—Muy temprano os recogéis, señor Ruy Soto—dijo el padre Aliaga.
—¡Ah!—contestó el de dentro con el acento de quien reconoce á una persona respetable—; voy, voy á abrir al instante.
En efecto, la puerta se abrió.
—Perdóneme vuestra señoría—dijo la misma voz dentro—si no tengo luz: estaba en acecho.
Y se cerró la puerta.
—¡En acecho!—dijo el padre Aliaga—; ¿en acecho de qué?
—De ciertos prójimos que andan rondando desde el obscurecer por las galerías bajas del patio: yo no sé por qué en siendo de noche dejan pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy á cerrar la ventana, y luego á traer luz.
Oyóse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego los pasos de un hombre que poco después volvió con un velón encendido.
Tenía la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su aspecto y por un no sé qué característico, se conocía que era uno de los jefes de la baja servidumbre.