—Más que derecho, tenéis un gran interés en saber á qué ateneros respecto á ese caballero.

—Conozco á vuestro padre, le aprecio mucho, os aprecio mucho á vos, y me intereso como me interesaría por mi hermano y por mi hija.

—No lo dudo; pero creo que hay en vos otro móvil. Francisco Montiño, pero no sé qué singular error, ha creído que la reina ama á ese joven... me lo ha dicho á mí... Francisco Montiño es un ente muy singular, y puede haberos dicho lo mismo; esto es, que su majestad y ese caballero se aman; esto es absurdo, esto es monstruoso, esto no puede ser, tratándose de una señora tal como la reina doña Margarita de Austria, que por su nacimiento, por su virtud, y digámoslo todo, por su orgullo, está muy lejos hasta del pensamiento de una acción vergonzosa. El que se haya atrevido á levantar sus miradas hasta su majestad, ó es muy loco ó tiene formando de la dignidad y de la virtud de la mujer, una idea muy desfavorable; su majestad no podría apercibirse de los deseos de un insensato tal, porque no los comprende, porque mira desde muy alto; sería necesario que, olvidado de todo, el que amara á la reina, se atreviese á declararlo, para que su majestad lo comprendiera, y aun así creería que estaba soñando: solamente el cocinero del rey podía concebir tal sospecha... y vos... por vuestro exagerado celo por la dignidad de la reina.

—¡Yo!...—dijo confundido y descompuesto á pesar de su serenidad el padre Aliaga.

—Vuestro celo os ha engañado, fray Luis—repitió la joven con su acento siempre igual, siempre reposado; pero siempre frío y hasta cierto punto severo.

—Yo no he dudado jamás de su majestad—dijo el padre Aliaga, puesto por doña Clara hasta cierto punto en el banquillo de los acusados—, pero he temido que ese caballero...

—Sí, ese hombre—dijo doña Clara—ha tenido la avilantez de decir, de indicar, aunque de la manera más envuelta, que su majestad ha sentido por él lo que es imposible que sienta, imposible de todo punto, por él... ni por ninguno... ha mentido como un villano.

—No... no... ese joven, al darme anoche la carta de su majestad, de que era portador, ha estado lo más prudente...

—¡Que ha estado prudente!

—Reservado... mudo... hasta el punto de no permitir decir qué clase de servicio había prestado á su majestad, á pesar de que yo lo sabía, porque la reina me había hablado acerca de las cartas que tenía suyas don Rodrigo Calderón y pedídome consejo... no... ese caballero, valiente para librar á su majestad de un compromiso, ha sido discreto, reservado, noble; ha dado harto claro á conocer en su conducta la influencia de la generosa sangre que corre por sus venas.