—Es que yo no quiero, y mi padre no me violentará.
—¿Queréis ser franca conmigo, hija mía?
—No pretendo ocultaros nada, padre Aliaga.
—¿Merezco yo vuestra confianza?
—¡Oh, sí!—dijo doña Clara cambiando de tono y haciéndole sumamente dulce y afectuoso.
—Pues bien; no me ocultéis nada. Vos amáis á ese caballero...
—¡Yo! ¡no lo quiera Dios!—exclamó con un verdadero terror doña Clara.
—¿No os habéis sentido interesada por él?...
—Sí...
—¿No lo recordáis?