—Sí...
—¿No sufrís por él?...
—Sufro, sí... sufro una humillación que no he buscado, á la que no le he dado lugar, porque no le he dado esperanzas de ningún género.
—Os sentís humillada... luego amáis.
—Y bien... sí, le amo... le he visto galán, apasionado, respetuoso, valiente; me ha acompañado anoche por calles obscuras, lloviendo, teniéndome en su poder, y ha sido un modelo de caballeros... me ha obedecido... después, cuando ha venido á palacio á traer esas cartas que había arrancado á don Rodrigo... cuando le vi... cuando en su semblante conmovido adiviné un parecido vago con una ilustre persona... de que no podía darme cuenta... en fin, padre Aliaga... no sé... yo me he visto asediada, acaso más que por otra cosa, por mi fama de esquiva, por lo más ilustre, por lo más noble, por lo más hermoso de la corte... el mismo rey... os lo digo, porque lo sabéis... me ha solicitado... ni á los grandes que me han querido para esposa, ni al rey que me ha ofendido pretendiendo hacerme su entretenimiento, he dado ni el más ligero motivo de esperanza; y no me ha costado trabajo, no: porque yo no he amado... hasta ahora... porque yo, para disponer de mí, no miraré jamás mi conveniencia, sino mi voluntad, mi corazón. Pero él... ¡Dios mío! lo digo al sacerdote y al desgraciado... él, fray Luis, me ha hecho espantarme de mí misma... porque... anoche... no dormí... su recuerdo tenaz, continuo, embriagador... acompañado de no sé qué esperanzas, de no sé qué temores, me desvelaba... todavía no he dormido... me pesa la cabeza, me duelen los ojos... no sé, no sé por qué le amo tanto... porque le amo, no os lo quiero negar.
—Pues bien, seréis su esposa, doña Clara.
—No... imposible... de ningún modo... ¿no os digo que me ha humillado?
—No os comprendo.
—¿No creéis que es una humillación para mi, que yo tan altiva, tan severa, tan desdeñosa con todos, hasta el punto de que creyéndome incapaz de amar, me hayan llamado la menina de nieve, caiga de repente de mi indiferencia, de mi frialdad, en el extremo opuesto, y que el hombre por quien tanto he variado en pocas horas, apenas separado de mí se enamore de una mujer perdida, y se vaya á vivir con ella y la acompañe al teatro?
—¿Pero quién os ha dicho eso?