—El bufón del rey, padre ó amante, ó qué sé yo, según dicen, de esa Dorotea, de esa dama de comedias, que es amante pública del duque de Lerma; ¡esa miserable!
—Tal vez desgraciada.
—Nunca he creído desgraciada, sino infame, á una mujer tal; ¿una perdida que se ha atrevido á poner la lengua impura en la honra de la reina?
—Estáis irritada... irritada acaso sin razón. El tío Manolillo puede ser que, por un interés que aún no podemos conocer, haya querido haceros creer que ese caballero ama á esa comedianta. No es posible habiéndoos visto á vos. A no ser que de tal modo le hayáis descorazonado...
—Yo no podía obrar de otro modo... y no me pesa, porque yo dominaré este amor que se me ha metido por el alma; le dominaré, os lo juro.
—Si tuviérais necesidad de dominarle, le dominaríais. Pero no será necesario. Yo desenredaré todo esto; yo pondré á cada uno en su lugar. ¿Conque queréis encargaros de dar vos misma esta provisión de capitán al señor Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor del rey, y vuestro enamorado?
—Se la daré y aprovecharé la ocasión para darle un desengaño—dijo doña Clara, como obedeciendo á un pensamiento repentino.
—Pues bien, tomad; guardadlo y hablemos de otra cosa. Del cambio que me han dicho se ha efectuado en palacio.
—Ha pasado tanto en mis asuntos propios—dijo doña Clara—, he estado tan poco desocupada en todo el día, que no he tenido tiempo para pensar en nada...
—¿En nada más que en escribirme que prendiese á esa comedianta?