Vestía la reina un magnífico traje de brocado de oro sobre azul, tenía cubierto el pecho de joyas, y en los cabellos, rubios como el oro, un prendido de plumas y diamantes.
—Espera al rey—dijo para sí el padre Aliaga.
Y adelantó hacia la reina.
Margarita de Austria dejó sobre la mesa un devocionario ricamente encuadernado que tenía en la mano á la llegada del padre Aliaga.
Este, cuando estuvo cerca de la reina, se arrodilló.
—¿Qué hacéis, padre mío?—dijo dulcemente Margarita—. ¡Un sacerdote, tal como vos, arrodillarse ante una pecadora tal como yo!
—¡Oh! si todos pecasen en este mundo como vuestra majestad...—dijo el padre Aliaga levantándose.
—Pues mirad, padre, lo que peco me espanta. Tengo muy poca paciencia...
—Vuestra majestad es una mártir.
—No, porque no acepto mi martirio. Además, hay momentos en que me bañaría en sangre.