—En sangre de traidores.
—Indudablemente... ¡pero soy tan desgraciada!...
—Demasiado, señora.
—Hoy no... hoy soy casi feliz.
—Quiera Dios, señora, completar esa felicidad y aumentarla.
—Sentáos, fray Luis, sentáos, quiero hablaros mucho y no quiero fatigaros.
—Las bondades de vuestra majestad no tienen límite para conmigo—dijo el padre Aliaga, tomando un sillón y sentándose á una respetuosa distancia.
—¡Mis bondades! No ciertamente, padre Aliaga—dijo con acento dulce reina—, os debo mucho; después de Dios, sois la protección que tengo sobre la tierra.
—La protección mía, señora, es muy débil.
—¿Y vuestros consejos? ¿A quién debo la resignación con que sufro mis desventuras de mujer y de reina, más que á vos?