Meditó de nuevo profundamente la duquesa.
—Pues bien—dijo después de algunos segundos—, voy á hacer más que aconsejaros: voy á vengaros.
—¿A vengarme, señora?
—Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos.
—Procurad lo primero y aun más si podéis—dijo con vivacidad la condesa—; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me encuentro muy bien sin él.
—Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á vuestro padre.
—¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis.
—Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante.
La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir, lenta, muy lentamente.
La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil escribir, sino en que pensaba más que escribía.