—¡Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendrá tiempo de revolver sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto.
—¡Ah! ¿hablábais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy amada esposa, mi respetable confesor?—dijo Felipe III, que había entrado poco antes en la cámara, y adelantado en silencio.
La reina y el padre Aliaga se levantaron á un tiempo.
—Sentáos, sentáos—dijo el rey—; vos sois mi buena, mi hermosa, mi amada Margarita—dijo el rey tomando á la reina una mano, y besándosela—; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabéis cuánto he defendido yo el que os aparten de mi lado, á pesar de que Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; más que apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando esta mañana el duque de Lerma me ha dado á firmar vuestro nombramiento de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de embajador para don Baltasar de Zúñiga, y el de gentilhombre de mi cámara para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del príncipe don Felipe. Sentáos, sentáos, pues, señora; y vos también, padre Aliaga; nadie nos ve; yo entro y salgo, merced á ciertos pasadizos, sin que nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta.
Todos se sentaron.
El rey, que era muy sensible al frío, removió el brasero.
—¡Qué invierno tan crudo!—dijo—; aseguran que hay miseria en los pueblos; ¡pobres gentes!
Y volvió á revolver con delicia el brasero.
—Cuando llegué conspirábais—dijo el rey.
—Es verdad—contestó la reina—; conspirábamos contra Lerma, y es necesario que vuestra majestad conspire también.